miércoles, 16 de julio de 2014

No importa la hora




Canción para acompañar el texto: Flores sobre las piedras -Austin TV


Cuando ella despierta, su mundo también lo hace. El de él. No importa la hora, tan sólo importa el verde de sus ojos: su verde de hojas y flores, de manzana, de menta, de bosque y de musgo; su verde de luz infinita que dilata pupilas y dispara en la córnea para entrar por las venas; su verde que da vida a la de él cuando ella despierta. No importa la hora.

Y lo juzgaron de loco. 

Cuando ella despierta, su vida también lo hace. La de él. No importa la hora, tan sólo importa el aroma de su cuerpo: su aroma de brisa de mar por la mañana que enciende los sentidos y renueva la piel; su aroma de ambrosía eterna que transporta al onírico edén entre flores de inmensos jardines de cerezos; su aroma de tierra mojada que inunda el alma de él cuando ella despierta. No importa la hora.

Y lo llamaron demente.

Cuando ella despierta, su alma también lo hace. La de él. No importa la hora, tan sólo importa el tacto de su piel: su tacto de nívea seda reparadora de cirros, estratos, nimbos y cúmulos; su tacto de cosmos que desvanece cualquier preocupación por más grande que esta pueda ser; su tacto de miel que agazapa los miedos y hechiza el tiempo para detenerlo en el preciso instante que despierta el mundo, la vida y el alma de él. No importa la hora.

Y le gritaron lunático.

Y no le importó, como nunca le ha importado la hora. Por más que le llamen loco, demente o lunático, él no está confundido. No le importa el tiempo o lo que digan los demás. Le importa todo lo que es de ella: la boca de ella, el respirar de ella, los cielos, tierras y mares de ella, la noche de ella y los días de ella. 
Le han vuelto a ver por las calles. En algunos bares y en las plazas. Y le han vuelto a decir que es un esquizofrénico perturbado, que el amor le hizo daño. Y pareció preocuparse.

Pareció que dentró de él, se dejaban de desvanecer las preocupaciones, los miedos ya no se agazapaban y el tiempo no estaba hechizado. Y lo juzgaron de loco, le llamaron demente,le gritaron lunático y le dijeron esquizofrénico perturbado.

Y volvió a casa. Y cuando estuvo a punto de mirar el reloj, ella le dijo: buenos días, amor.

Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Los relojes blandos - Salvador Dalí. Google.
Canción: Flores sobre las piedras -Austin TV. Youtube.
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miércoles, 18 de junio de 2014

Canta y no llores








Canción para acompañar el texto Cielito lindo - Mariachi Vargas de Tecalitlán.


 


La fiebre mundialista le ha llegado al pueblo y con fuerza. Como cada cuatro años una pelota de fútbol se apodera del mundo y el orbe gira alrededor de una cancha con una veintena de pateabalones; y nosotros como nación no somos la excepción, de hecho, creo que somos de los países más consumistas de esta vorágine futbolera que atrapa al globo de vez en cuando. Me explico.

Desde los infames comerciales de los patrocinadores de la selección hasta las genialidades publicitarias de Nike, nos vemos envueltos entre tazos para armar pelotitas en las bolsas de papas o tarjetitas de Cristiano Ronaldo en el pan; hay gente con su álbum Panini y cuatrocientas estampitas repetidas; y deja te presumo que en el HEB me compré un caballito de la selección azteca y una bolsita térmica de Corona donde caben dos seises. Todo pa' sentirme más mexicano y apoyar a sus seleccionados, ja. Pero qué te digo si ya sé que tienes tu camisa de la Selección que más que uniforme parece armadura de los págüer ranllers.
Pero no me malinterpretes, es chingón guardar esta clase de cosas que cada cuatro años nos hacen gastar un varito para tener una colección pambolera que en un futuro recordarás con mucho cariño, mira que te lo dicen mis monitos del perrito de la mascota de Estados Unidos 94 y la canción de Tecate: "La baja con el pecho y la domina, la mete al área chica y tira a gol".  Si la recuerdas a huevo que la cantaste. 
Sin embargo hay gente que también se trauma de otra manera en un mundial.

Digo, habrás de encontrarte a personas, sino es que acaso tú eres uno de esos que piensa que porque uno ve el mundial en Televisa o TvAzteca estamos vendiendo al país, y la realidad es que por noventa minutos viendo jugar a la selección de Alemania - que ah, qué bárbaros esos cabrones- te olvidas aunque sea un instante de tu presente, olvidas tus broncas, tus problemas con la vieja o con el viejo, te pones a sacar estadísticas que ni te importan pero hoy, como cada cuatro años, te llama la atención, y para eso es el fútbol, para olvidar por noventa minutos tus problemas. No es que vendas al país o que no te importe su realidad esquizofrénica en las calles, simplemente por noventa minutos lo olvidas.
Y vuelves a consumir mundial, ¿o no gritaste el gol de Peralta contra Camerún? ¿O no te emocionó Ochoa tapándole todo al anfitrión? Es bueno y hay que disfrutarlo, total, es cada cuatro años.

Diviértete, encabrónate, mienta madres, tómate una cheve viendo el fútbol,  olvídate de tus problemas, pero no olvides que sólo es un juego. Mientras tanto el lunes nos chingamos a los croatas y "ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones".

Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Google.
Canción: Cielito lindo - Mariachi Vargas de Tecalitlán.
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miércoles, 28 de mayo de 2014

El abuelo






Canción para acompañar el texto: En un rincón del alma - Chavela Vargas




Me despertó el repique de las campanadas de las torres de la parroquia: agonías. Conozco a la perfección el tañido de la muerte. El fúnebre redoble que ejecutan las campanas al fallecer una persona… El abuelo. Ese viejo arrugado y enjuto que ayer lleno de vigor y fortaleza me aconsejó ante la falta de un padre dejó de existir en tierra ajena, tierra roja que alguna vez sintió cercana pero que nunca pudo amar. Una persona que entrega su carne diariamente a la melancolía de la espuma del mar no puede jamás volver a amar la tierra.

Llegó en la temporada de lluvias y el aroma a tierra mojada –su favorito- le envolvía el pensamiento recordando el sonido del oleaje del océano  y los muebles rústicos de su casita a cuatro cuadras del pacífico. Las gotas de agua que azotaban el zaguán complementaban la pena de su rostro cansado y pesaroso, mientras que el vaivén de sus pies en la mecedora blanca podría cortar la humedad del aire como igual pudiese hacerlo un cuchillo sin filo alguno. Y aunque ya casi no hablaba, sus ojos, profundamente dolorosos, expresaban los anhelos de su alma.
Sabía que estaba viejo y triste. A sus ochenta y seis el corazón se le había quedado en Bahía de Kino, nomás lo trajeron a este pueblo pinchurriento a morirse de tristeza. Sólo vino a evocar recuerdos de la pesca en la costa de Sonora, de sus bebidas traídas de Oaxaca y del vicio –así decía él- a la mujer por setenta años; pero también a dejar la remembranza de su sabiduría popular, el gusto por el mezcal y la afición por el sentimiento musical de Chavela Vargas. Y es que antes decía tantas cosas.
El abuelo decía tantas cosas, tantas que algunas se quedaron en aquel pequeño pueblo pesquero del Mar de Cortés sobre la vieja mesa de madera pintada de azul celeste tras las largas partidas de damas y dominó, otras tantas que recuerdo vagamente y otras más que en cada sorbo me queda la recapitulación tal como si me las dijera al oído en el cervecero calor sonorense:
­-No sea, pendejo, m’ijo, así no se toma el mezcal –decía con su acento norteño de voz de terciopelo y aguardiente- si le quiere sacar el diablo, chíngueselo así nomás, a lo baboso; pero allá usté. Esta es bebida mística, respétela y la madre tierra lo respetará a usté. Esto se toma a besos y no a tragos. ¡Ándele, así mero, chingao, qué le cuesta!

Aún sigo sin entender el capricho de sus hijos por traerlo a este pueblo alejado de la mano de dios y de los hombres. Pueblo ladrillero de cerro gordo, parroquia y plaza, pueblo húmedo y mujeres hermosas, pero sobretodo, pueblo ladrillero de cerro gordo, parroquia y plaza; pueblo húmedo alejado de la mano de dios y de los hombres.
Con todo y eso, valía la pena ver la reminiscencia en sus ojos de las viejas pláticas en las playas del Golfo de California.
Siempre tenía la razón, decía tantas cosas que era imposible ganarle una discusión. Contestaba perfectamente y con la sabiduría que sólo una vieja historia sobre la curva de la espalda llena de éxitos y fracasos, acaso más de estos últimos, podía definir con una humildad impresionante. En verdad tenía la respuesta perfecta a todo. La vez que su hijo mayor, mi tío, inició un romance con la esposa de su mejor amigo, aprovechando que toda la bahía estaba enterada, aventé la pregunta al compás de la mula de seises abriendo los decimales:
-¿Oiga, qué piensa de lo de mi tío con la vieja de Esteban?
Poniendo el seis/tres sobre la mesa respondió sin inquietarse:
-Apúntale quince. Mira, Abraham, la calentura es cabrona, más cuando la vieja está así de buena, pero hay ocasiones en que es mejor dedicarle una puñeta que cogértela. Aprende de las pendejadas de tu tío y de este viejo que te habla, no porque te quedes sin amigos, total, esos ni existen, sino pa’ cuidar la vida, m’ijo: no sabes si el otro cabrón te va a meter un escopetazo y te vas a chingar a tu madre. Seis/dos y apúntale otros cinco.
Una carcajada y veinte puntos abajo no pude más que asentir y darle un beso a las perlas que inundaban mi copa.

Cuando eliges la ropa que habrás de usar para el funeral de una de las personas que más ha marcado tu vida es sumamente difícil no derramar las lágrimas. A esas alturas las nubes de mis sollozos se derramaban hasta la comisura de mis labios donde la sal de mi llanto se saboreaba al igual que el piélago que muchas veces bebimos sin querer cuando me enseñó a nadar. Igual de complicado es no hacer alusión a tantas cosas que decía el abuelo, más al tomar la corbata que me regaló después de usarla cuando cantó “En un rincón del alma” en el entierro de la abuela:
-Fíjate bien en el ataúd, m’ijo, los muertos siempre regresan. No en la misma persona, claro, pero siempre que uno muere, otro más llega en el mismo círculo para ocupar su lugar. La vida es muy sabia, es un ciclo perpetuo.
Nunca pensé que esa misma corbata usaría yo para su propio funeral. De verdad que es muy difícil evitar el llanto y no recordar a ese ser querido cuando te tienes que vestir de acuerdo a la ocasión de su eterna despedida. Recuerdos, sólo recuerdos.
En esta tierra infame sólo perdura en mi memoria una imagen de aquel hombre  jovial y de espíritu encendido, la única razón que lograba sobresaltar su aparente calma, su interminable vicio: la mujer…
Apareció repentinamente en esa casa, en un momento exacto, cual estrella fugaz que uno observa en el preciso momento de voltear a ver al cielo en noches de noviembre. El reloj se detuvo. En su andar de cámara lenta con sutil sensualidad caminó como elevándose entre nubes: las zapatillas de tacón torneaban sus piernas de manera excepcional en el pequeño vestido negro que aprisionaba ajustadamente su cadera y un escote que apenas contenía la redondez y firmeza de sus senos; el bronceado de su piel de caramelo enmarcaba el cuadro más perfecto en sus ojos almendrados de gitana, todo complementado en el azabache de su cabello lacio al hombro; y un aroma de algodón de azúcar que terminaba de adornar a esa diosa de un olimpo terrenal que entró en la casa para volver a darle normalidad al paso del tiempo.
-¿Quién es esa, m’ijo? –preguntó emocionada la voz resquebrajada del abuelo.
-Se llama Ángela, es la esposa del ladrillero que vive a la vuelta de la plaza. Seguro viene por los intereses del préstamo pa’ la casa.
-Esa es hembra de buen ganado, eh. Ya no hay de esas. Si por mí fuera, nomás por el placer de echarme el taco de ojo, ni intereses le pagaba a la cabrona.
Pese al cuerpo viejo, la mente rejuveneció de botepronto, la cansada edad no parece ser obstáculo cuando una fragancia de algodón de azúcar te envuelve los sentidos. Hace un par de años ya de eso y fue la última vez que pude ver su antigua vitalidad.

 Volví a enjugar mi rostro para salir rumbo a la funeraria. Un velorio común y corriente en este pueblo ladrillero acaso más corriente que común: seis señoras rogando por su alma correteando avesmarías y padresnuestros, un conjunto norteño descuadrado por allá y por acá el mariachi más desafinado; las mismas condolencias: “lo siento mucho, Abraham, yo sé que era un padre para ti”, “era tan bueno”, “y pensar que antier lo vi ahí en la mecedora”…
Me asomé al féretro para verlo por última vez al recordar que “los muertos siempre regresan” y gratamente me sorprendió la sonrisa en su rostro. Él ya no sonreía, seguro que el maquillista hizo un buen trabajo en el rigor mortis del semblante del viejo.
Transcurrió el velorio entre tazas de café con piquete de mezcal y mezcal con piquete de café, una caja de cigarros y una madrugada interminable en la humedad de este pueblo pinchurriento. Para cumplir su voluntad de descansar en Sonora es más fácil cremarlo que llevar el cadáver hasta allá para inhumarlo, así que misa de cuerpo presente y a llevar sus restos al crematorio para enterarte que el maquillista no pudo modificar la sonrisa del abuelo, así murió y así quedó.
Al momento de entregarme la urna con sus cenizas el tiempo se detuvo y el ambiente se sofocó en la esencia de algodones de azúcar. Como en cámara lenta con su paso firme y seductor Ángela se acercó dándome el pésame y disculpándose por apenas enterarse. Llevaba con ella a un niño de alrededor de un año y podría cortarme un huevo y la mitad del otro si el pequeño no tenía la misma cara del difunto.
Vaya que en su perfección la vida es sabia y ciclo perpetuo. Todos pueden pensar lo que quieran, lo único que yo sé es que el abuelo decía tantas cosas.



Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Google.
Canción: En un rincón del alma (Interpretado por Chavela Vargas)
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miércoles, 23 de abril de 2014

La mano de Gabriel García Márquez






Canción para acompañar el texto: Macondo - Celso Piña (decidí esta versión debido al gusto de GGM por el vallenato).






Hace cinco años, pasando por la frontera de Nuevo Laredo, Tamaulipas, un lugar atrapó mi atención: lo que pareciera ser una antigua estación ferrocarrilera, era ya un centro literario nombrado Estación Palabra Gabriel García Márquez. Le dije a mi padre, que manejaba en su coche para llevarnos al puente internacional, "Si yo algún día llegara a estrechar mi mano con la de Gabriel García Márquez, no me la vuelvo a lavar y encima me cago". Mi padre con la rigidez que le caracteriza me respondió: "Ah, chingao, y por qué, si el cabrón también come, caga y también se va a morir". Ante tan sabia consigna que sentenció mi viejo no tuve otra más que pensar que la persona que me engendró por suerte no ha esperado cincuenta y tres años, siete meses y once días para estar con el amor de su vida, como Florentino Ariza. Y me duele pensar que tal vez no sepa que "muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Ya ni decir que es probable que no conozca que "Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados en Francia".


La mano que escribió La hojarasca, Los funerales de la mamá grande, Doce cuentos peregrinos, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, entre otras más publicaciones, dejó de existir físicamente el pasado jueves diecisiete de abril, un jueves santo, justo como uno de los más grandes personajes que han existido en la literatura hispanoamericana, Úrsula Iguarán, quien "Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que le habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años". Salvo que el Nobel de literatura de 1982 dio su último suspiro a los ochenta y siete. Falleció en la Ciudad de México, donde durante dieciocho meses escribiera su novela más famosa y según varios listados internacionales uno de los mejores cien libros de la historia: Cien años de soledad.


Nunca pude estrechar su mano, como sí lo he hecho con otros escritores que admiro y respeto, o como mi esposa sí lo hizo con Vargas Llosa, de quien inclusive me regaló un libro firmado por el Nobel escritor de Pantaleón y las visitadoras. Pero más allá de pensar que nunca pude estrechar su mano, pienso que el también periodista nacido en Aracataca, Colombia, me regaló -como a toda la humanidad- todas sus letras, que es lo que realmente importa. 

En verdad no miento si digo que el creador de Vivir para contarla, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putas tristes es uno de mis escritores favoritos. La forma impresionante en que uno queda atrapado en sus detalles me fascina, tal como el olor de Remedios, la Bella, y todo lo que ocasiona, o las mariposas amarillas que perseguían a Mauricio Babilonia, o "porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra", por citar algunas del ya mencionado Cien años de soledad.


En paz descanse el autor de Del amor y otros demonios, ya he comprendido que no es tan necesario estrechar manos, lo mejor es quedarse fabricando pescaditos de oro o atado a un castaño en Macondo y conocer a un tal Melquíades, o en otros lugares conocer a Fermina Daza, la Mamá grande, Santiago Nassar, el Coronel,o a Eréndira. 
Descanse en paz el colombiano más mexicano o el mexicano más colombiano. Descanse en paz Gabriel García Márquez.

P.D. Este día le ha sido entregado a la autora de El tren pasa primero, Elena Poniatowska, el Premio Cervantes, enmarcando así a la escritora "más mexicana que el mole" junto a Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol en el retrato de los mexicanos galardonados con el máximo premio a las letras hispanas. Enhorabuena.

Texto: Jesús Cáñez.
Canción para acompañar el texto: Macondo - Celso Piña.
Imagen: Google.
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miércoles, 16 de abril de 2014

Semana Santa







Este texto es una serie de cuatro décimas en la que tu humilde servilleta narra brevemente la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Sé que antes me has leído bromeando acerca de cristianos, católicos, judíos, testigos de Jehová y hasta maradonianos, pero es eso, una simple broma.
Hoy con el corazón en la mano deseo que esta Semana Santa, seas creyente o no, fortifique y renueve el alma y el corazón de ti y de tus allegados. Te dejo pues estas décimas y la canción que acompaña al texto -escúchala completa, es un poco larga, pero vale la pena detenerse a pensar en lo que nos narra en sus versos-. Gracias por dar RT en Twitter y Share en Facebook.


Como varios dispositivos móviles no tienen la oportunidad de abrir dos pestañas te dejo el enlace directo de Youtube para que no tengas que salir al escuchar la canción.







Jueves Santo

Los pies, el agua y las manos;
la sangre lágrima y vino;
el pan que trajo el camino;
la gloria de los cristianos
y paz para los hermanos.
Con un beso se hace entrega
de la luz que al mundo lega
el sendero y la verdad,
así fue la voluntad
del señor alfa y omega.


Viernes Santo

Los juicios no tardan nada
ni a la búsqueda un madero
al tiempo que un juez severo
enjuaga su fe clavada.
Hacia el Gólgota pesada
cruz carga por mala acción:
empieza ya la pasión
que se eleva entre ladrones.
La muerte expira perdones:
termina en crucifixión.


Sábado de gloria

La fe se encuentra de luto
esperando el tercer día,
la madre, Virgen María,
con un amor absoluto
recuerda la voz del fruto,
que abriéndose al Paraíso
dejando listo el aviso
a los abismos desciende.
La Gloria una flama enciende
generando el compromiso.


Domingo de resurrección

Un sepulcro solitario
y a la muerte se ha vencido.
-El Señor no está, se ha ido,
dijo un ángel emisario
donde sólo hay un sudario.
Al mundo la Gloria abrió
con la cruz que en nos cargó
renovando la esperanza
creando una nueva alianza,
pues, ¡Jesús resucitó!

Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: El Cristo de San Juan de la Cruz de Salvador Dalí.
Canción: La noche, el grito, la muerte - Misioneros del Espíritu Santo.
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miércoles, 19 de marzo de 2014

Supersticiones



Pícale a las letritas para que se abra en otra pestaña la canción para acompañar el texto: Bocanegra

Fui a la plaza de armas de Torreón pa' mitigar la sed con un vaso de agua célis con limón (personas que me leen y no saben qué es los invito a visitar nuestro bello centro histérico), y en el trayecto decidí pasar por el Mercado Juárez. Pa' pronto una infinidad de voces me hostigó con frases como: "¿Qué andaba -así en pasado- buscando, joven?", "Pregunte, jefe, sin compromiso", "Pásele, patrón, aquí tenemos el remedio que andaba buscando", etc. Es irremediable no detenerse a ver por un momento la gran cantidad de hierbas, aceites, mazos de cartas, estampitas, caracoles, figuras de esqueletos, lociones, jabones de "dinero ven", trucos pa' hacer "amarres", cuarzos, polvos de "foloumí", esencias y otro etcétera. Pero entre todas las cosas, me llamó bastante la atención una herradura con trozos de sábila, listones rojos y un collar de cabezas de ajo con una estampita de un santo de cuyo nombre ahora no puedo acordarme. Quesque pa' la prosperidá en los negocios y pa' evitar las malas energías. 


La suerte, buena o mala, ha rondado a la humanidad desde tiempos ancestrales. La civilizacion Mexica, por decir alguna, hacía sacrificios para cambiar el humor de los dioses y obtener así beneficios -algo así como lo seguimos haciendo ahora-; supersticiones les llaman algunos.

Algunas de estas supersticiones para atraer la buena suerte son los ya mentados cuarzos, la herradura de un caballo, el número siete o una pata de conejo.O todas juntas. 
Hay otras que ocurren por mero destino. Hace tiempo conocí a una persona que cada que pasaba el afilador tocando su flautita se sacudía todo el cuerpo porque iba a recibir dinero, también se sobaba el codo cuando se pegaba por las mismas razones. Igual, mi mamá dice que es de buena suerte que te cague un pájaro en la cabeza. Recuerdo cuando era niño, la señora de la tiendita en la primaria decidió incluir en la canasta básica pa' los morrillos unas delicias culinarias de otro país comúnmente conocidas como jotdocs. Y ahí iba yo rumbo a la cancha de fútbol cuando justo en medio de mi desayuno cayó una caca de paloma. Menos mal que no soy supersticioso y me quedé con hambre. Menos mal que las vacas no vuelan.

Pero también hay varias supersticiones de mala suerte. Estas son las que nos encantan, y entre ellas se encuentran, por citar algunas: pasar debajo de una escalera; romper un espejo porque te vienen siete años de mala suerte -chingao, en la mañana rompí el del baño y ya iba saliendo de los otros siete-; cruzarse con un gato negro -tan chulos que son-; tirar la sal; escuchar o decir el nombre de una mala persona, como Voldemort; abrir un paraguas bajo techo o dejar unas tijeras abiertas; el mal de ojo; toparse con un tuerto por la mañana al salir de casa -imagínate que es un familiar tuyo y vive contigo. Te chingaste de por vida, compa-; o en el treatro nunca vestir alguna prenda amarilla -esos pinchis teatreros como jugadores de fútbol son harto supersticiosos; a todos aquellos que inician puesta en escena: rómpanse una pata y mucha mierda; y todas las de los martes.
En Como agua para chocolate, libro de realismo mágico de Laura Esquivel, menciona que los tamales no se cuecen si hay personas peleando en la cocina porque los tamales se enojan, entonces tienes que cantarle canciones de amor para que se reconcilien.

Lo que nos lleva a las supersticiones para contrarrestar las malas supersticiones -jaja-: Tocar madera y botellita de jerez, todo lo que me digas será al revés; hacerte una "limpia" con un limón o un huevo -terminas todo adolorido-; bañarte con hojas de pirul; hacerle caso al horóscopo; jalarte las orejas cuando te asustas, las orejas nomás, eh, pinches puercos; ponerle a las embarazadas una chingadera de metal en la panza cuando hay eclipse; y llevar un amuleto pa' contrarrestar las desgracias y el mal d'iojo, etc.

Hay otras que dictan el destino por lo que vendrá a futuro: como aquellas que ya mencioné pa' que te caiga una feria; si a un muerto se le quedan los ojos abiertos es que lo va a seguir alguien de su misma familia -pinchis nazis-, si te cae la muerte en las cartas tuerces el de hoja, cuelgas los tenis, te carga el payaso, como gustes; si te barren las patas no te casas a menos que pises la orilla de la escoba; todas las de año nuevo, etc.
Hace varios años, me puse la argolla de matrimonio de una prima en el dedo anular y me dijo que ya no me iba a casar, y mírame, bien casado por las tres leyes: por el civil, por la iglesia y por pendejo -tú me lo enséñaste, vieja. -Pero yo sé de la más fuerte de todas las supersticiones a futuro, y lo digo porque pasa, la famosa y temible maldición gitana: pisteas lunes, pisteas toda la semana.

Y ya pa' cerrar porque llevo 13 minutos escribiendo, la famosa triscaidecafobia, es decir el miedo al número trece. Dicen los que dicen que saben, o sea Wikipedia, que surge en la Última Cena de Jesucristo, por estar sentadas trece personas en la mesa y ya sabemos lo que pasó depués. Es así que muchas aerolíneas no tienen la treceava fila; muchos hoteles no tienen el décimo tercer piso -me consta, en Guadalajara me hospedé en uno; y aquí en Torres no decimos la trece cuando de las calles hablamos, de la doce nos brincamos a la catorce y a la trece le llamamos por su nombre: Cuauhtémoc. 

Y ya vámonos a la plaza por mi agüita que me dio más sed. Ya llevo en mi bolsa siete hierbas, tres jabones, dos esencias, cuatro aceites y seis amuletos. Al cabo yo no soy supersticioso porque es de mala suerte.


Texto: Jesús Cáñez.
Imagen: Google.
Canción: Sonido gallo negro - Bocanegra.
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miércoles, 12 de marzo de 2014

Anne Frank




Tiempo de lectura aproximado: 3 minutos.
Canción para acompañar el texto: Yerushalayim shel zahav (Jerusalem of gold)

Hay muchos libos y diarios acerca de la persecución de los judíos en Europa en el siglo pasado, pero hay uno que resalta sobre todos los demás, El diario de Ana Frank.

Annelies Marie Frank Hollander, mejor conocida como Anne (Ana) Frank, es probablemente el símbolo más conocido y la voz de millones de personas que vivieron las atrocidades del holocausto judío el siglo pasado, durante la segunda guerra mundial.
Judía nacida en Frankfurt, Alemania, el 12 de junio de 1929, luego trasladada con su familia a Holanda, narra detalladamente en su diario -un libro de autógrafos que le regaló Otto Frank, su padre- la persecución que vivieron en Holanda, específicamente en Amsterdam; la invasión alemana, el trato al pueblo holandés y a la comunidad judía; la convivencia con su familia y otras personas que buscaban evitar la deportación a los campos de concentración por parte del régimen nacional socialista. 
Para el 4 de agosto de 1944 la familia Frank, por una denuncia anónima es descubierta por el Servicio de seguridad alemán y son llevados a la Gestapo para ser interrogados. El 2 de septiembre del mismo año fue enviada al campo de concentración de Auschwitz, y poco tiempo después trasladada al campo de Bergen-Belsen, donde habría de morir un 12 de marzo de 1945 por la epidemia de tifus que se extendió por el campo aquel mes, semanas antes de la liberación de los campos de concentración.








De los sobrevivientes del holocausto, Otto fue el único de la familia Frank, y el encargado de dar a conocer el testimonio de su familia bajo los escritos de su hija. El diario de Ana Frank fue publicado en Holanda en 1947 bajo el título en holandés: Het achterhuis (La casa de atrás) y en 1952 en inglés como El diario de una niña. Otto murió en 1980.

Traducido en 70 idiomas, El diario de Ana Frank, se ha convertido en uno de los libros más vendidos a nivel mundial y en un firme testimonio de las personas  y familias que perdieron a sus seres queridos, buscando sirva de ejemplo para que jamás vuelva a ocurrir. 

En el númeo 267 de la calle Prinsengrancht en Amsterdam, Holanda, donde se refugió con su familia, hoy se encuentra el museo-casa de Ana Frank.
Existen también varias películas basadas en este diario, tal vez la más famosa The Diary of Anne Frank (Geroge Stevens, 1959) ganadora de tres premios Oscar.

A continuación algunas frases del libro.

"¿Cuándo se nos concederá el privilegio de respirar aire fresco?"

"Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados."

"Podrán callarnos, pero no pueden impedir que tengamos nuestras propias opiniones."

"No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda."

"Afuera no hay canto de pájaros, y dentro un silencio sofocante se cierne sobre todos y todas las cosas, y parece arrastrarme hacia un abismo."

"Llegará el día en que  termine esta horrible guerra y volveremos a ser personas como los demás, no solamente judíos".

"Déjenme en paz, déjenme dormir una sola noche sin mojar de lágrimas mi almohada, sin sentir que mi cabeza está a punto de estallar y sin que ardan mis ojos. ¡Déjenme marchar, déjenme abandonarlo todo, y sobre todo este mundo!"

"Quiero que algo de mí perdure después de la muerte".

Texto: Jesús Cáñez.
Imágenes: Google.
Canción: Yerushalayim shel zahav.
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